Se encuentra usted aquí

Chris Cornell: La voz del jardín

Chris Cornell: La voz del jardín

Recordando a la imponente voz de una generación
Viernes 18 Mayo, 2018
Chris Cornell: La voz del jardín

Cornell tenía la fórmula perfecta para cantar. Su musculosa voz era capaz de elevar versos inolvidables entre briosos acordes que no se olvidarán jamás. Un músico y poeta que brilló con luz propia, entre las sombras de los demonios que lo atormentaron desde la adolescencia. Batalló contra eso como suelen hacerlo los artistas, buscando el exorcismo a través de canciones tan eclécticas como misteriosas. Prolífico como ningún otro de su generación, exploró terrenos más allá del rock, construyendo melodías que saltan del heavy a la balada pop, del folk al R&B, y letras que desde la experiencia privada, se han convertido en una crónica de época. Su aporte al canon grunge es inmenso: compuso parte importante del playlist del subestilo. Un compositor al que se puede ubicar en la línea invisible que une a Robert Plant, Michael Jackson, Iggy Pop y Jeff Buckley.

Por César Tudela

Se puede apelar a muchos lugares comunes, pero la lucha constante contra las adicciones, la angustia y el desaliento parece atenazar a los representantes de la era grunge, signifique lo que signifique eso. Sobredosis. Suicidios. Depresión. La trágica desaparición de las voces de una pléyade perdida en el tiempo. Andrew Wood, Kurt Cobain, Layne Staley, Scott Weiland, Chris Cornell. Durante mucho tiempo, se ha pensado que este es el sacrificio que el grunge ha tenido que pagar casi como consecuencia natural de las aflicciones y rabias con las que su generación tuvo que subsistir desde finales de los 80. Todos, mártires que sembraron en los terrenos del rock canciones que han traspasado décadas y enaltecieron el estilo en algún momento. Y es que parece pesar una maldición sobre los hijos de Seattle (aunque Wood haya nacido en Columbus, Cobain en Aberdeen, Staley en Kirkland y Weiland en San Jose). En esta lista de leyendas, Cornell –el único nacido en Seattle– fue una bisagra fundamental entre los años 80 y 90, aunque quizás, injustamente desatendido por su sobrevivencia. Hasta hace exactos 365 días. La importancia de Chris Cornell es tal que hasta podría sufrir un tratamiento aproximativo. Sin duda, también, porque su influencia parece “subterránea” al lado de la figura inequívoca del movimiento: Kurt Cobain.

La historia de Cornell en la música empieza como la de cualquier otro rockero. Y termina en una tragedia, como la de tantos otros. Entre esos dos momentos, surge toda una obra milagrosa, influyente y esencial que contenía, en sustancia, al mundo entero. La historia formal comienza en 1984, en Seattle, cuando se unió a una banda de rock interesada en la densidad y la distorsión propias de Black Sabbath. Eran épocas en que la radio estadounidense se encontraba dominada por artistas como Bon Jovi o Michael Jacks on. Sin embargo, aquella banda logró pulir su sonido y establecerse más allá de un circuito local. La banda publicó dos trabajos discográficos a finales de los ochenta, pero el real impacto llegó en 1991, ya con las emisoras FM programando a artistas como Nirvana, Pearl Jam y Alice in Chains. Soundgarden explotaba en medio del vuelo, recuperando el poderoso filo del hard rock de los 70 –los maestros de la distorsión, de la pomposidad escénica y los frontmen avasalladores– a la par de bandas que seguían los pasos del underground alternativo –Pixies, Sonic Youth, Melvins– que dieron su golpe de gracia en 1991, el “year punk broke”.

Para el periodista Mark Yarm, autor de la brillante historia oral del grunge llamada "Todo el mundo adora a nuestra ciudad” (2011), el movimiento generado en Seattle fue enorme e importante, y plantea sobre Cornell que “debido a que Soundgarden estaba en la vanguardia del género, Chris fue visto como un arquitecto de la escena. Un símbolo: solía realizar presentaciones sin polera; era sexy, temeroso y misterioso. Probablemente, era el tipo que todas las mujeres querían y el que todos los hombres querían ser".

Pero Cornell era mucho más que sólo un rockstar, e hizo algo más que apropiarse del lenguaje del grunge: lo llevó hasta una madurez inesperada, la de una edad no tanto “más adulta” o “responsable”, sino más consciente de sí y de la complejidad del mundo que lo rodeaba. Ahí donde Nirvana vociferaba su rabia interior contra el mundo, Chris Cornell utilizaba la misma rabia para murmurar su propio dolor al oído de toda una generación que lo estaba escuchando. "No escribo canciones para hacer declaraciones. Lo que disfruto hacer es pintar con las letras, creando imágenes coloridas. Creo que eso es lo que la música debería ser", escribía en su Facebook en 2013, y lo reafirma en una de sus últimas entrevistas: “¿Cuán real soy si no puedo comunicar con una guitarra?”.

Al escuchar su amplio repertorio de canciones, se advierte que Cornell perteneció a una generación de músicos que pudo combinar una envidiable capacidad compositiva con cierto virtuosismo para llevar a cabo dos cualidades que no siempre coexisten. De amplísimo rango vocal y alta capacidad para conducir intensidades, el cantante conseguía que los gritos ásperos de ‘Beyond the Wheel’ –quizás la canción más poderosa de Soundgarden– sonaran tan musicales como las dulces estrofas de ‘Preaching the End of the World’, la hermosa balada de su primer disco solista. Quizás esa versatilidad sensible haya provenido de su fascinación por The Beatles, y también por la música de su tierra, como el soul y el folk, influencias que se perciben en varios pasajes del excelente disco editado por Temple of the Dog, la banda creada en 1990 en honor a Andrew Wood, su gran amigo de juventud.

El registro de Cornell no se parece realmente a ningún otro vocalista que haya salido en esos años, y encierra una multitud de territorios diferentes, explorados en cada tema que cantaba. Inaudito en el pop –cuyo timbre agudo y rasposo puede evocar desde Iggy Pop a Nick Drake– parece arrastrar con su propio impulso todo lo que pasa alrededor de él. “La voz de Chris era impecable, pero no honrando al punk rock. Lo que hacía era algo como Robert Plant, sin duda, lo más fresco que se podía escuchar en aquel entonces. Para cuando oí 'Hunted Down', lo que escuché fue la impecable yuxtaposición con la atonalidad de la guitarra. Ahí dije 'hay algo pasando aquí’”, cuenta Bruce Pavitt, co-fundador de SubPop, que contrató a Soundgarden en 1987, el primer gran grupo del sello. Firmar con ellos, dejarles las manos libres y sobre todo confiárselos al productor Jack Endino, que supo aportar un sonido verdaderamente singular –a la vez monolítico y abierto-, daba ya cuenta de su locura clarividente.

¿Habrá entendido SubPop que en las primitivas letras de Cornell, en su música, estaba el eco de toda una generación adolescente occidental de comienzos de la década de los 90, y que había que capturarlo a cualquier precio? Porque de eso se trataron, efectivamente, los primeros trabajos de Soundgarden, compilados en “Screaming Life” y “Fopp”, sus dos primeros epés que los encumbró a cierta notoriedad, llegando a firmar por el sello A&M, comenzando a forjar la leyenda. El mismo Cornell lo recordaba así: "Soundgarden fue la primera banda a la que se le acercaron las grandes discográficas. Antes que a Nirvana o Pearl Jam. Luego empezamos a vender y todo se hizo comercial. Fue una transición incómoda para todas las bandas de Seattle".

En esa época la banda lanzó “Badmotorfinger” (1991), probablemente la obra maestra de Soundgarden, en la que el grupo exhibe un máximo de potencia, novedad y peligrosidad, merodeando entre el grunge y el metal (que también estaba reinventándose). Tan alto era el nivel, que ‘Rusty Cage’, la canción que abre el álbum, fue versionada al poco tiempo por el iconoclasta Johnny Cash. Pero el resultado universal más contundente llegó tres años después, con un himno epocal indiscutido: ‘Black Hole Sun’, una balada compuesta a solas por Cornell. En todo ese éxito tuvo mucho que ver el cantante. Por presencia, por discurso, por su voz. Del susurro al alarido. Cornell tomaba el micrófono y apuntaba directo al corazón del oyente, moviendo fibras que otros no sabían encontrar. “Curando mis heridas sin dejar rastro / Y sellando mi tumba sin mi rostro / Voy hacia un lugar solitario”. Hoy, esta frase posee muchos más signos que en 1994. Es parte de la letra de ‘Let Me Drown’, canción que abre “Superunknown”, en los tiempos de mayor fama, y también, en que sus adicciones lo tenían constantemente al borde del abismo.

"Hubo una época en la que no esperaba estar aquí. Y ahora no sólo espero estar –no voy a ir a ninguna parte– sino que además he pasado los últimos doce años de mi vida sobrio, con el objetivo de averiguar qué tipo soy sin sustancias, porque ése (el adicto) era un tipo diferente". Estas eran las palabras que expresaba a la revista Rolling Stone en el año 2015. Fuertísimas de leer luego de todo lo sucedido, aunque no del todo sorprendentes, porque Cornell nunca ocultó sus adicciones y sus tristezas. Parte de su dolor lo expuso en canciones. Dolor que advierte las fantasmagorías adolescentes y el deseo de estar en cualquier otra parte. En otro cuerpo. En otra vida, a la que títulos como ‘Like Suicide’ o ‘The Day I Tried to Live’ remiten.

La disolución de Soundgarden en 1997 le permitió a Cornell lidiar con sus problemas de adicción. Vagó por distintos estudios hasta grabar “Euphoria Morning” con sus amigo Alain Johannes y su banda Eleven. Era un primer álbum solista cuya esencia se encuentra en un contraste más que reconocible y por la belleza en los arreglos, donde dejó en claro su capacidad para reinventarse y convencer a un público ajeno al de Soundgarden. Pero sus letras seguían clamando auxilio: “Y sólo te amo cuando estoy deprimido / Pero una cosa tienes que saber / Estoy deprimido todo el tiempo”, canta en ‘When I’m Down’.

El nuevo milenio lo veía renacer junto a la base de Rage Against The Machine (Zack de la Rocka había abandonado el grupo), formando Audioslave, un combo que desde su anuncio, llamó el interés de la prensa y, por supuesto, de los seguidores que acumulaban en todo el mundo. Fueron tres los discos que pudieron lanzar –en el que dejaron un himno para la nueva generación, ‘Like a Stone’– en un período en que debió internarse en rehabilitación dados sus problemas con las drogas. Más atento a lo estrictamente musical que al activismo social de sus compañeros –razón por la cual llegaron a Cuba, convirtiéndose en el primer grupo estadounidense en presentarse en la isla bajo el régimen revolucionario–, y a pesar de las multimillonarias ventas que lograron en conjunto, Cornell y el resto de la banda finalmente se dieron la mano en buenos términos. De hecho, se reunieron provisoriamente a principios de 2017, para tocar tres canciones en el Anti-Inaugural Ball, un evento contra el gobierno republicano de Donald Trump. Ese día fue el último que Tom Morello lo vio con vida. El guitarrista, días después de su funeral, recordó aquel encuentro con nostalgia y aún en shock. "Chris estaba brillando ese día. Pasamos el rato después del show, simplemente riéndonos y tomando fotos. Lo último que me dijo fue 'lo pasé increíble, me encantaría que hiciéramos esto de nuevo. Solo avísame'. Yo le dije '¡Claro! Ahí arreglemos'. Es difícil de creer”.

Pero Cornell, quizás desde otra perspectiva, y gracias a sus textos y performances, igual extremó al rock. Lo volvió íntimamente peligroso. "Para mí, entablar una conexión con la música requiere de una naturaleza visceral, ya sea ira o agresión, o ese tipo de pasión genera el rock. O puede haber una especie de melancolía e introspección que te hace sentir tu propio dolor". Un botón de muestra es ‘Fell on Black Days”. Acá habla primero de él, de su experiencia íntima, de su derrota frente a la superación cotidiana. Pero para contarlo no utiliza metáforas pesadas, imágenes barrocas ni vociferaciones teatrales. Lo hace con palabras triviales, más profundas: “Todo lo que temí ha cobrado vida / Contra todo lo que luché pasó a ser mi vida / Justo cuando cada día parecía venir a mí con una sonrisa / Se han desvanecido las manchas solares y ahora estoy haciendo tiempo / Porque me siento en días oscuros”.

Pero, ¿qué significaban esas palabras para él? “Fue como ese miedo que he tenido durante años. Estás contento con tu vida, todo va bien, las cosas son emocionantes, cuando de repente te das cuenta que eres extremadamente infeliz, al punto de estar realmente asustado. No hay ningún evento en particular que pueda determinar esa sensación, sólo que te das cuenta un día que todo en tu vida está jodido”. Las imágenes de esos malos días en la historia del grunge son siniestras: Cobain, disparándose un escopetazo a los 27 años; Staley, de 34, sirviéndose un cocktail de drogas en absoluta soledad, arrastrado a la oscuridad por una depresión endémica; y Cornell, con una soga en su cuello en una habitación de un hotel, a sus 52 años.

Retrospectivamente, aquella canción parece ser el último clavo del ataúd de Chris Cornell, más allá de aquella última canción que interpretó en Detroit junto a Soundgarden: ‘Slaves & Bulldozers’, con  extractos de ‘Thank You’, la sombría canción de Led Zeppelin. Incluso, más que ‘The Promise’, la canción que semanas antes había compartido, cuyo relato original es sobre el genocidio armenio, pero que luego del 18 de mayo de 2017, se parece más a una carta de despedida: “Ahora mi alma se estira a través de las raíces. Hacia los recuerdos tuyos. Hacia atrás, en el tiempo y espacio. Para llevar a casa las caras y los nombres. Y estas fotos tuyas, rescatadas de las llamas. Y una promesa que hiciste. Una promesa que siempre permanece. No importa el precio. Una promesa para sobrevivir. Perseverar y prosperar”.

A un año de su repentina muerte, recordar sus palabras ante el suicidio de Cobain expresadas en el mismo 1994 a la revista Kerrang! es estremecedor, y casi no deja espacio para la especulación (y el espanto). "No creo que nadie sepa realmente por qué se suicidó Kurt. Todo el mundo sabía que tenía problemas de salud muy serios y que los había tenido durante años, mucho antes de que fuera famoso. No creo que la suya fuera una muerte provocada únicamente por las drogas. El que tomara drogas era un resultado de esos problemas de salud. Las drogas eran la única manera que tenía de aliviar el dolor. Había más cosas. Odiaba ser un ídolo juvenil. También estaba enfermo emocionalmente. Tenía una hija, estaba casado y de pronto se había hecho millonario. No fue algo tan sencillo como decir: era un adicto a la heroína, enloqueció y se suicido, o estaba harto de su éxito y por eso se mató. No, no puedes saber porqué una persona llega a hacer algo así. Si yo me suicidara alguna vez lo haría de una manera que nadie pudiera saber que fue un suicidio. Lo que más miedo me da de matarme es el daño que le haría a mis amigos y mi familia“.

Pese a lo obvio que puede sonar, todo lo que se ha escrito sobre la Generación X –sus mitos y verdades– toma cuerpo. Es una realidad. Y si bien lo ha sido desde el principio con la muerte de Andrew Wood, con el suicidio de Chris Cornell hace ya un año, en un momento prolífico y en las circunstancias que sucedió –aparentemente sano y sobreviviente–, le da otro cariz al relato. Toma otra perspectiva. Un destino que parece inexorable y casi profético, que ya no es artificial. Los baby boomers definitivamente eran depresivos. Se mataron. Todos, hasta ahora.

COMENTARIOS