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El rock en 300 años más

El rock en 300 años más

Un libro teoriza sobre su futuro
Martes 10 Enero, 2017
El rock en 300 años más

Chuck Klosterman, nacido hace 44 años en Minnesota, califica fácilmente entre los mejores ensayistas estadounidenses desde el cambio de milenio. Formado como periodista musical, comenzó a escribir sobre cultura pop en un tono autobiográfico que equilibraba cierta cuota academicista con una auténtica afición por los artefactos que inspiraban sus textos. El primer libro de Klosterman, “Fargo Rock City”, es una oda al glam metal; fue el primero de una racha que aún no termina. En los 15 años transcurridos desde entonces, ha puesto su firma en títulos como “Sex, Drugs and Cocoa Puffs”, una colección de ensayos sobre asuntos tan trascendentales como la serie “Salvado por la Campana” o el reality show de MTV “The Real World”, o “I Wear the Black Hat”, otro compendio de ensayos, enfocado en la forma en que el mainstream representa la maldad.

El último libro de Chuck Klosterman, aparecido este año, se llama “What If We're Wrong” e intenta responder a la interrogante de cómo será vista la cultura actual en cientos de años más. A grandes rasgos, plantea que, así como tantas creencias antiguas han sido descartadas, las nuestras también podrían ser a futuro desplazadas e incluso consideradas vergonzosas. “Pensar en el presente como si fuese el pasado” es el subtítulo de este análisis sesudo que, eventualmente, aborda la percepción que las personas en 300 años más tendrán sobre la música que escuchamos. Para Klosterman, el destino del rock está sellado. Según él, ya cumplió su vida útil, luego de décadas siendo un factor dominante en la cultura. Estaríamos presenciando en tiempo real el cierre de su ciclo, con nuevas generaciones prestando más atención a géneros que sí las interpelan, como el rap y la electrónica.

No es la única afirmación cáustica de “What If We're Wrong”. A través de un intrincado proceso de razonamiento, que considera muchas variables, Klosterman postula que el rock quedará reducido a un solo artista, de la misma forma en que, para cualquier estadounidense, el nombre de John Philip Sousa equivale a decir marcha militar. Escribe que, eventualmente, el rock sólo vivirá como un asunto académico que deberá ser estudiado para poder ser entendido. A favor de Klosterman, una impresionante comprensión de los procesos de pensamiento de la opinión pública. Cuando se detiene a pensar en sus devaneos, cita cómo ha ido cambiando la idea en torno a la rivalidad entre el punk y la música disco, en un comienzo considerada una pugna entre la música “real”, de guitarras, y la “falsa”, para clubes. Al comienzo se creía que la primera era más legítima que la segunda, supuestamente superficial, pero después el consenso cambió. Ahora se considera que la música disco fue tan disruptiva, y por ende valiosa, como el punk porque introdujo elementos de la cultura gay en el mainstream.

Entonces, la pregunta hipotética del millón: ¿cuál será el nombre que se convierta en sinónimo de rock en 300 años más? La misma duda, formulada con menos optimismo: ¿cuál será el único referente del rock tras su vencimiento? Klosterman va descartando tótems uno por uno. Admite que los Beatles serán la primera respuesta de la mayoría y comparte que es la más lógica, pero concluye que la cultura occidental se construye mediante relatos más concentrados en individuos que en comunidades. Esto iría en desmedro de los cuatro de Liverpool y los Rolling Stones, y a favor de otros como Elvis Presley o Bob Dylan. Sin embargo, ellos tampoco pasan la prueba. Elvis sería una pobre encarnación del rock, en su juicio, con excesivo foco en el entretenimiento, carente del poder de la autoría y víctima de un final patético. En contraste, Dylan sería el polo opuesto, igualmente poco representativo. Demasiado intelectual, político y pendiente del fondo más que de la forma como para simbolizar a un género que, en realidad, nunca se ha desvivido por ser ninguna de esas cosas.

Para Klosterman, sólo hay un artista con los requisitos suficientes. Su nombre es Chuck Berry, el único rockero cuya obra seguiría existiendo si el mundo se acabara en este instante. Eso porque en la sonda espacial Voyager 1, lanzada hace casi 40 años por la NASA y actualmente el objeto de fabricación humana más alejado de la Tierra, hay un vinilo de oro con música de diversos países, hecho con la esperanza de que lo escuchen extraterrestres, y el único tema rockero incluido ahí es 'Johnny B. Goode'. Según el autor, Chuck Berry y el rock son ideológicamente intercambiables. Se puede acudir a los mismos términos para describir a los dos. Ambos enfatizan el ritmo, lo directo, la simpleza. Ambos son afrodescendientes. Ambos comparten una fijación en el sexo. Ninguno de los dos obedece ciegamente a la ley. Y lo más crucial de todo: tanto Chuck Berry como el rock poseen su propia mitología, casi igual de importante que la música. La argumentación se cierra con una frase de John Lennon: “si intentas darle otro nombre al rock and roll, podrías llamarlo Chuck Berry”.

Andrés Panes

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