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Reinas del ruido

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Rodeadas de hostilidad, las Runaways nunca la tuvieron fácil
Viernes 01 Junio, 2018
Reinas del ruido

Durante su breve existencia, en la segunda mitad de los 70, las Runaways fueron maltratadas por los periodistas musicales. En el libro "Queens of Noise: The Real Story of the Runaways", la biógrafa Evelyn McDonnell señala que "había algo en el grupo que despertaba lo peor incluso en los mejores hombres". Menciona entre ellos a Lester Bangs, cuyas palabras sobre Cherie Currie perturbaron a la cantante de 16 años. En un desafortunado texto sexualmente agresivo y hasta pederasta, Bangs manifestaba su deseo de profanarla motivado por su calidad de niña.

La relación de las Runaways con los medios partió con el pie izquierdo. Se ganaron la antipatía de la influyente prensa neoyorquina atacando a Patti Smith, a la que compararon con un perro muerto con las tripas afuera, y también a los Ramones, con los que terminarían tocando en CBGB's un par de años después. En un ambiente dominado por la misoginia, no había ánimo de tomarse en serio a unas adolescentes deslenguadas en spandex, aunque su ética de trabajo fuese innegable: en menos de cuatro años de carrera, editaron cinco discos y giraron de manera frecuente.

La banda empezó en 1975 luego del primer encuentro de la cantante y guitarrista Joan Larkin con la baterista Sandy Pesavento. El par se conoció a través de Kim Fowley, un manager que pululaba por clubes para menores de edad reclutando chicas para armar un proyecto musical. Las Runaways eran una visión de Fowley, pero su origen fue más espontáneo de lo que recoge el mito popular: sin química auténtica entre Larkin y Pesavento, las futuras Joan Jett y Sandy West, otro gallo hubiese cantado. El día en que se reunieron, no aceptaron intermediarios: Fowley se enteró de la junta por teléfono.

Para causar una fascinación tipo "Lolita", el manager buscaba jovencitas de aspecto llamativo, aunque tampoco quería un producto plástico, deseaba que cultivaran su propio estilo y fuesen temperamentales. Se enfocaba más en retocar y promocionar algo existente que en diseñarlo; tuvo la última palabra en decisiones como los apodos de las integrantes e incluso su nómina. Sacó a Micki Steele, futura miembro de The Bangles, una banda femenina a la postre mucho más exitosa, para poner a Cherie Currie porque le recomendaron que la cantante fuese rubia. La historia, como muchas otras en torno al grupo, tiene un lado B: Steele sostiene que Fowley se le insinuó sexualmente, una de las tantas huellas de su dudoso comportamiento.



Descrito por Evelyn McDonnell como "gritón, extravagante, vulgar, vulnerable y de frentón raro", Kim Fowley era de temer. Con promesas que no cumplió, como disponer de profesores particulares y chaperones para cada una, hizo que los papás de las integrantes autorizaran a sus hijas para dejar el colegio y salir de Estados Unidos. De la torta de las ganancias, devoraba la parte grande mientras el quinteto se repartía sus migas y atravesaba pellejerías. Fowley, que se definía a sí mismo como “un horrible ser humano con un corazón de oro”, no sabía lidiar con las chicas: la mitad asegura que tuvo sexo con una fan al frente de ellas. Peor aun, Jackie Fox, la primera de una sucesión de bajistas, develó haber sido violada por él.

Rodeadas de hostilidad, las Runaways nunca la tuvieron fácil. Al interior del grupo también había fricción, principalmente roces entre el núcleo formado por Sandy West, Joan Jett y Lita Ford, la guitarrista principal, y las demás chicas. Hasta disolverse en 1979, atravesaron todos los problemas habidos y por haber: consumo excesivo de drogas, crisis nerviosas, choques de egos, distintas visiones musicales (Ford iba al metal y Jett al punk). La experiencia las hizo mujeres fuertes: las que no siguieron en el espectáculo se metieron a mundos tan duros como la abogacía (Fox) y el hampa (West, fallecida el 2006).

A décadas de su debut, un disco homónimo de insolente hard rock con destellos de glam y punk, urge valorar la entereza de las Runaways durante su fugaz vida. Recibieron un montón de piedrazos mientras iban haciendo historia. No sólo inspiraron a mujeres rockeras y movimientos como el riot grrrl, sino también a agrupaciones de espectros tan distintos como el power pop ameno de Cheap Trick, cuyo "Cheap Trick at Budokan" fue moldeado a imagen y semejanza de "The Runaways Live in Japan", o el rompedor hardcore punk de The Germs, admiradores de la banda que contaron con Joan Jett como productora de su único disco, el inolvidable "(GI)".

Aunque Jackie Fox no toca en "The Runaways", porque Nigel Harrison de Blondie grabó los bajos, la validez musical del grupo debería quedar fuera de discusión. De rápido entendimiento, a la hora del segundo disco, "Queens of Noise", ya habìan desarrollado una visión que luego pulieron fogueándose en escenarios compartidos con Van Halen, Sex Pistols y The Damned, entre otros. Pese a no abanderarse con causas de ningún tipo ("ni siquiera pensamos en eso", dijo Jett en una de sus primeras entrevistas), con su mera aparición combatieron el machismo de su época y, como algunas de ellas mostraban inclinaciones lésbicas, también la homofobia.

El 2015, Joan Jett entró al Salón de la Fama del Rock & Roll y la indujo Miley Cyrus, acérrima fanática y colaboradora. En el destape de Cyrus, hace algunos años, había ecos de las Runaways, sobre todo en las reacciones airadas de conservadores que no toleraron que una mujer joven ventilara algo tan natural como su sexualidad. Resulta triste imaginarlo, pero quizás hoy la imagen de Cherie Currie en un atuendo sugerente cantando 'Cherry Bomb' sería igual de polémica. "Fuimos fruto de circunstancias únicas", dice la cantante. "Gracias a dios nuestros padres nos dieron permiso, pero jamás hubiese hecho lo mismo con mi hijo adolescente”.

Andrés Panes

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