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Surfer Rosa

Surfer Rosa

Surfer Rosa

Miércoles 20 Julio, 2011
1988. Elektra

A más de 20 años de su irrupción, tenemos la impresión de que Pixies nació grande. Tal cual murieron, sin competencia. Esto no es del todo cierto, ya que estos hijos de Massachussets nunca fueron tan grandes. Todavía no lo son. Y probablemente nunca lo serán (exceptuando, claro, la siempre agradecida Gran Bretaña). Principalmente, porque no hay masividad suficiente que haga justicia a una banda tan exquisita. El haber alcanzado, como mucho, tres discos de oro en su carrera, no opaca el hecho de que Pixies sea un diamante para la escena rockera del último cuarto de siglo.

No creo que Pixies sea para una elite. Nada más lejano a la realidad. Pero, tristemente, son tantos quienes se acercaron (y, sobre todo, se siguen acercando) a su música pensando que estaban integrando la punta de la pirámide evolutiva musical, que al final del día, su tan manoseado nombre no tiene nada muy firme a qué aferrarse. Tan solo su música, y un puñado no despreciable de llaneros solitarios que serían capaces de vender su alma al diablo por su banda favorita. Un legado que es tan difícil de tangibilizar, que quizás ello lleve a confusión a tanta gente, a tanto wannabe, a tanto pasajero en tránsito.

Cuando Kurt Cobain mencionó su primer álbum, justamente este que estamos abordando, como una de sus principales influencias al hacer “Nevermind”, puso a Pixies en un primer plano oral, pero aquello no logró nunca traducirse en un conocimiento o respeto auténtico por el cuarteto liderado por Black Francis. Qué duda cabe, episodios como ese, perpetuaron la asociación de “Surfer Rosa” a un LP tan agridulce como obligatorio.

Los muchachos de los Pixies estaban bien locos. Les faltaban todos los tornillos. Mezclar punk con rockanrol, conservando el encanto pop, pero cambiando el azúcar por jugo de limón. No sólo tenían ideas y un sentido del humor bien filosos; la genialidad estuvo en transmitir todo aquello a través de su sonido, liberando peso de la espalda de los textos.

No existían en esa época, fines de los ochentas, bandas que se parecieran a los Pixies. Hüsker Dü y Dinosaur Jr. eran una referencia, The Ramones ponía el color mas no el ritmo, Cheap Trick asomaba en el fondo, y Neil Young les subía el volumen. Pero Pixies era mucho más que una mezcla de influencias. Tenían un elemento propio y distintivo indescriptible. Había que escucharlos. Escuchar “Surfer Rosa”, primero. Y rendirse ante “Doolittle”, un año después.

Producido por Steve Albini, “Surfer Rosa” suena rejuvenecedor. Sin ningún gran músico, casi toda la responsabilidad la tiene la interpretación. No la técnica, sino la actitud y las ganas. ‘Bone Machine’ es un excelente ejemplo, de una banda que con muy poquito hace más de lo imaginable. Un riff, una batería que simplemente pega, una melodía que a veces se pierde, y que al final descansan en una consumación coral ridículamente simple. El hecho que ‘Break My Body’ sea más redonda, explota mejor los fuertes del cuarteto. Las voces de Black Francis y Kim Deal funcionan increíblemente bien juntas. Francis suena más femenino que un vocalista normal, mientras que los ecos de Kim no dan las señas de feminidad esperables; eso, para la propuesta de Pixies, significó oro puro.

Pixies arma brillantemente su disco sin tener canciones suficientes. En varios casos, son cancioncillas. Ideas. Un par de estrofas, una melodía, y poca claridad rítmica. No es casual que cuatro de 13 canciones no sobrepasen ni los dos minutos. ‘Something Against You’ es el mejor ejemplo de esto. Una tontera. Francis no teme al ridículo en el arranque de la imparable ‘Broken Face’, en donde la batería de David Lovering suena como una caja de zapatos, los campanazos guitarreros de Joey Santiago se salen del riel, y en tan solo un minuto y medio, Pixies te detiene el pestañeo.

Si las anteriores eran solo intentos de canciones, la banda nos abofetea con la más notable de las composiciones del álbum, ‘Gigantic’. Sabiamente, el único aporte compositivo de Deal en “Surfer Rosa” está ubicado después del caricaturesco y potente comienzo del disco. ‘Gigantic’, cantada por la misma bajista, es casi una oda a algún Paul gigantescamente bien dotado. Pero está cantada con tanta dulzura, que el “big big love” parece una tierna canción de amor. El encanto pop, la increíble fuerza con que el resto de la banda arremete. Melódicamente, a ‘Gigantic’ no se le puede pedir nada más. “No se rían de nuestras canciones” parece ser la advertencia expresada aquí. Poco más de 10 minutos de disco, y ya no existe cuestionamiento alguno que se les pueda aventar a la cara. Silencio en la sala.

Pero si hay que escoger un tema que simbolice lo que los Pixies eran, elijo ‘River Euphrates’. Un corte incuestionablemente dominado por las guitarras, que no avanzan, sino que flotan. Estáticas. “Tenemos sólo dos guitarras, nos sobra aire” parece ser la consigna. La respuesta “OK, usemos nuestras voces” asoma como acto reflejo. Todas las voces todas. Sin decir una sola palabra. Ahí está la canción. Los versos que Francis y Kim juntos esbozan, son casi imposibles de entender. Una genialidad. Es como si no supieran hablar. Músicos nacidos para hacer música, sea como sea. Desafiando los axiomas cancioneros, Pixies triunfa, track por track, locura por locura.

Si el nombre de Pixies tiene un espacio en el inconciente popular, es gracias a una canción llamada ‘Where Is My Mind?’, quizás el mayor himno del grupo. ‘Gigantic’, ‘River Euphrates’, y ‘Where Is My Mind?’ son el cuerpo de “Surfer Rosa”. Y son suficientes como para pasar a este LP a la galería de los inmortales. 3 canciones, nada más. Todos los restantes destellos de brillantez sólo engrandecen la obra. Y ridiculizan a sus contendores.

‘Where Is My Mind?’ es bizarra desde su génesis. Que Black Francis la haya craneado mientras buceaba puede ser o no cierto. Pero al menos, el mito está bien sustentado con el oleaje sonoro que le imprimieron en el estudio. La entrada acústica sugiere una delicadeza canadiense que se oxida gracias al aporte de Joey y la voz de Francis. Surrealista, paranoica, sembradora del pánico, y encantadora de ilusiones. Sube, baja, te congela, te marea, sin soltar al auditor por ningún segundo. Su tonalidad no es la esperable para una canción pop. Pero Pixies no hace nada tal cual uno esperaría. La pregunta que el título de la canción plantea nunca se responde. Pensar que aquello ocurriría es simplemente no entender de qué banda estamos hablando.

La incómoda timidez de ‘Cactus’ nos vuelve a confundir, por lo que podemos concluir que cumple su propósito. En cambio, la motricidad punk en ‘Tony’s Theme’ parece un comercial de un juguete que no existe, y que, aparentemente, no es para niños. La voz de Kim anunciando “this is a song about a superhero named Tony. It’s called ‘Tony’s Theme’” es una advertencia de lo irresistible del tema. Los ladridos para aclamar al tal Tony es otro truco más del grupo, a sabiendas que a estas alturas, la tarea está toda hecha.

La diversión continúa con otra muestra de independencia, el desborde latino de ‘Oh my Golly!’. Francis se calza la camisa guayabera con más personalidad aún en ‘Vamos’, que como canción, no tiene ni pies ni cabeza, pero que calza con justeza en el marco del disco.

Ni hablar de ‘I’m Amazed’, una fiesta, a la que están todos invitados, pero cuyos organizadores ni siquiera se dan la molestia de darte la bienvenida. Cuando hablé de “cancioncillas”, no era por menospreciarlas. Esta no es la excepción. Para qué alargarla más, si dure lo que dure, no va a tener más sentido. Canciones implosivas, que contagian por su forma, ciertamente no por su fondo. Y para que nadie malentienda el trabajo de Pixies, ‘Brick is Red’ es la evidencia de que el conjunto entiende como funciona el oído de las grandes masas, pero que no están interesados en él. Formidable cierre.

Pixies, y sobre todo “Surfer Rosa”, son muy fáciles de odiar. Así como una buena canción pop es fácil de amar. Pero odiarlos a la primera es tan tonto como izar su bandera sólo por saber en qué página de los libros de historia están. “Pixies, una banda muy influyente”, se lee y escucha una y otra vez. Ese probablemente sea lo más cómico de toda esta historia.

Aquí hay un grupo que no tiene miedo al ridículo, porque al final del día, sabe que los ridiculizados son los que los miran de lejos. Francis, Deal, Santiago, y Lovering se ponen al otro lado del salón. Burlándose de todo lo que alcanzan a ver desde su posición. No se trata de amigarse de los chicos burlones y celebrarles todos los chistes. Para compartir las carcajadas, lo importante es saber de qué se ríen. Los fans temporales que Pixies atrae naturalmente nunca lo han sabido. A mí me costó un montón de años. ¿Y a usted?

Juan Ignacio Cornejo K.

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