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Epithymía

Epithymía

Epithymía

Jueves 03 Mayo, 2018

2017. Kranky

El denominado post-rock puede tener una definición tan amplia y abstracta como la que podría tener el mismo rock. Una expresiva fuerza de la cual también nace una desmedida y exuberante naturaleza. En ese hábitat de inconclusas reglas, lo que llegó a ser el trío estadounidense Labradford fue bruma, fue un mar incierto. En sus seis discos -la mayoría editados durante toda la década de los noventa- se despliega una etérea y hermética energía, una especie de espejismo saturado de distancia e ilusión. Una interpretación directamente ambiental del rock que ya se había iniciado a través de los últimos tres discos de Talk Talk, explotado ya en la década de los 90 a través de discos como “Hex” (1994) de Bark Psychosis, “Pygmalion” (1995) de Slowdive o de las secciones brillantemente sutiles de “F#A#∞” (1997) de Godspeed  You! Black Emperor, y que incluso llegó a retornar al atmosférico sonido docto de Erik Satie o Henrik Gorecki a través de “Stars Of The Lid And Their Refinement Of The Decline” (2007) de Stars Of The Lid. Todos discos en los que la agresividad del rock no tenía miedo de asumir una nueva sensibilidad, una que implicaba desarrollos más extensos y mayoritariamente instrumentales de las composiciones, emitida con el fin de evocar una percepción más melancólica e impresionista del sonido.

Dicha acepción ambient utilizada por Labradford -colmada de guitarras procesadas y volátiles sintetizadores- dejó de existir en el año 2001 luego de la publicación del último álbum de la banda, el más bien prístino y simple “Fixed::Context”. Los caminos ya solitarios de sus tres integrantes durante la década de los 2000 llevarían a Carter Brown hacia un destino desconocido, a Robert Donne hacia el reflexivo drone del trío Cristal, y a Mark Nelson al soliloquio ambiental de Pan-American, aunque en sus dos primeros discos dicha ambientalidad se desarrolle a través de una sonoridad más rítmica, incluso más cercana al dub y al downtempo. Luego, el destino y la voluntad de Robert Donne y Mark Nelson, los llevaron a reunirse y transformarse en los presentes Anjou, proyecto en el que la dupla sigue acentuando el marcado carácter ambiental de los extintos Labradford, llegando, incluso, a suprimir totalmente las leves formas del rock que antes asumía.

Este “Epithymía” abre con los casi quince minutos de ‘Culicinae’, pista de existencia orgánicamente matemática en su inicio, de volátiles pulsos que se disuelven a través de un puente que pareciera invisible. Una conexión que torna la pieza hacia un tibio ruidismo, de lentas ráfagas que persisten hasta encontrarse, primero, con un arrastrado fulgor eléctrico y luego, con una rítmica incisiva que se conecta con la subterránea ‘Greater Grand Crossing’, en la que una grave dinámica de sonidos electrónicos crepita entre oscuros volúmenes de ruido. Luego aparecen los más de diez minutos de exploraciones ambientales de ‘Soucouyant’, nuevamente orgánicas y de estética regenerativa, de repeticiones minimalistas sobrevoladas por pequeñas porciones de disonancia y en la que lentamente se van equiparando estos valores. La pista se convierte en velocidad y destempladas capas de drone que conviven entre múltiples dimensiones sonoras que se van apagando densamente hasta su final.

Ese mismo ánimo salvaje, misterioso y trascendente persiste en la también extensa ‘An Empty Bank’, pieza de variadas y oscuras capas que por sí solas sostendrían la composición, pero que se exaltan a través del soplido melancólico de Paul Watson, en una aletargada interpretación de corneta que, en su momento más conmovedor, se fusiona con la marea de ruido que Donne y Nelson venían elevando casi secretamente desde la profundidad de la pieza. Un oleaje de tempo extendido que marcará la restante existencia ambiental de la composición. Luego del pulso vital y enigmático de la breve ‘Glamr’ aparece otra extensa pista, ‘Georgia’, en la que las guitarras procesadas aparecen estridentes en su inicio, creando una masa que destila un ánimo celestial. Sin embargo, se vuelve abstracta e indescifrable entre una infinidad de sonidos que no pervierten su intrincada coherencia estética. Son apagados rugidos subterráneos, tenues percusiones frenéticas, borrascas de cálido ruido blanco. Todas manifestaciones que inhalan el aire íntimo y siempre vivo de los sonidos. Una especificación de la emoción que sin la música (o el arte) se tornaría absolutamente incomunicable.

Carlos Navarro A.

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