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The Marrow

The Marrow

The Marrow

Ehnahre
Martes 23 Enero, 2018

2017. Painted Throat Music

Lúgubre disco dividido en cuatro pistas que musicalizan las también cuatro estrofas del poema que da nombre al disco, “The Marrow”, trágica e intrincada elegía creada por el poeta estadounidense Theodore Roethke en la medianía del siglo pasado. El álbum de la banda estadounidense abre con la fúnebre ‘The Crow Speaks’, extensa pieza de dieciocho minutos que impacta tanto desde la ascendente guitarra de Richard Chowenhill como desde la pútrida voz de Ryan McGuire y las cuerdas de su turbado contrabajo, instrumento que ejecuta dentro de una acepción insólita: aquel cordófono comúnmente asociado al jazz y que antes habían  ejecutado artistas como Charles Mingus, Charlie Haden, Ron Carter o William Parker, ahora se muestra como el elemento determinante en una rapsodia macabra y violentamente desoladora.

Incómodas percusiones abren ‘A Wandering Fire’, e inmediatamente McGuire gruñe como desde un antiguo encierro, como a través de una anidada angustia. El sonido se quiebra y aparece el juego paralelo entre guitarra y contrabajo, de negativo motivo alucinatorio, y en el que el pellizco frenético y repetitivo del contrabajo, el indescifrable avance percusivo de Joshua Carro y la persistencia de un discurso crónicamente infectado explotan en un ambiente atípico, uno en el que paradójicamente se mezclan el acelerado desenfreno del free-jazz con la contaminada lentitud del doom metal, aunque observado desde una perspectiva volátil y de espeso trance estructural. 

Esa expresiva cohesión persiste en ‘Godhead’, pieza que comienza con el pulso claustrofóbico planteado por el contrabajo de McGuire, mismo que declama susurrante la tercera estrofa del poema creado por Theodore Roethke, desdichados versos que reclaman ante una cruel y silente desesperanza. El trío esta vez ejecuta secciones épicamente destructivas, comandadas por la guitarra de Chomwill, siempre atonal y disonante entre los gritos apagados de McGuire. Son once minutos de asfixiante tensión que cierran entre espectros, entre seres musicales ambientalmente litúrgicos. 

Después de las tres terribles pistas anteriores aparece el desierto existencial de ‘The Marrow’, pista final en la que la banda agrega el preciso piano de Jared Redmond, asumiendo en conjunto una personalidad más ambiental, cercana al post-rock de guitarras, aunque alejadas de las bellas progresiones de luminosidad de Sigur Rós o -si se quiere- más cercanas a las abstracciones melancólicas de Godspeed You! Black Emperor, una energía que se muestra como un paisaje muerto, de sonambulismo mágico y triste, un cuadro de cuerpos abandonados entre la oscuridad infinita y solitaria del cosmos. Figuras que flotan y gritan desbocadas entre el polvo y las luces.

Carlos Navarro A. 

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